Una conversación
con John Marks, autor deTierra de vampiros
Ha escrito usted dos novelas anteriores, The Wall, designada libro destacado de 1998 por el New York Times, y War Torn, considerada una de las mejores novelas de 2003 por Publishers Weekly. Ésta es, sin embargo, la primera vez que aborda una historia de vampiros. ¿Cuál fue su fuente de inspiración para Tierra de vampiros?
Siempre, desde que era muy pequeño, me han fascinado los vampiros, y hasta puedo situar exactamente cuándo y dónde comenzó esa fascinación. Muy a propósito, teniendo en cuenta el tema de la novela, el origen fue la televisión. A finales de los años sesenta y principios de los setenta, la ABC emitió una serie fantástica titulada Dark Shadows, la historia prototípica del vampiro con un corazón de oro. Mi madre dice que me obsesioné con ella. Me aterrorizaba y al mismo tiempo me conmovía, hasta el punto de que tuvo que prohibirme que la viera. Yo me buscaba la manera para verla a escondidas, hasta que volvieron a prohibírmelo, pero el recuerdo de aquella serie siguió acompañándome. Estaba rodada en vídeo, a diferencia de las demás series de televisión que yo había visto. Los decorados se caían constantemente. Los actores eran horribles. Sin embargo, no sé por qué motivo, yo tenía la impresión de que estaba viendo el mundo real a través de una ventana. Los vampiros existían al otro lado de una pantalla muy fina. Eran, además, los años de la Guerra de Vietnam, del asesinato de Martin Luther King y Robert F. Kennedy, de las revueltas raciales, de todo aquello, y sin embargo el mundo en el que yo vivía era seguro y bastante pacífico. He pensado a menudo que Dark Shadows me brindaba una ventana a ese mundo más amplio, aunque fuera una ventana distorsionada y fantástica.
En cierto momento, después de haber visto montones de películas de vampiros, leí por fin Drácula, la novela de Bram Stoker, y fue una gozada. Pero vi la historia desde una perspectiva distinta cuando trabajé como periodista en el este de Europa y los Balcanes. Stoker utilizó como telón de fondo Rumanía, un país que no tiene una tradición vampírica como la de su relato. En cambio, justo al sur, en Serbia, la leyenda de los no muertos con colmillos que se levantan de sus tumbas para alimentarse de los vivos tiene una tradición muy larga y bien ilustrada. Allí estaba el vampiro de Stoker, y yo descubrí toda esa mitología al mismo tiempo que informaba desde las zonas periféricas de la Guerra de Bosnia. Puede que suene raro, pero dos mitologías aparentemente dispares, la del vampiro del folklore y la de la derrota de la nación serbia en la batalla de Kosovo Polje de 1389, que sirvió como telón de fondo para justificar la guerra contra los bosnios, convergieron y empezaron a interpelarse entre sí. Comencé a pensar en los modos en que la figura del vampiro, una criatura que puede hallarse bajo multitud de formas en casi todas las culturas del mundo, un ser empapado en sangre y derramador de sangre, podía estar relacionada con las mitologías nacionales que rodeaban la guerra y su consiguiente devastación, y, más allá de eso, con la historia infinitamente violenta de la humanidad.
Usted fue productor de 60 Minutes. En Tierra de vampiros, su protagonista, Evangeline Harker, es productora de La hora, un popular informativo de televisión. ¿Se trata de un libro de revelaciones autobiográficas disfrazado de ficción?
Yo no diría tanto. Hay, desde luego, personajes y acontecimientos inspirados en mi experiencia en 60 Minutes, pero Tierra de vampiros es ante todo una versión muy libre de la historia de Drácula que toma prestados numerosos elementos del mundo de esa novela. Diría que, al principio, cuando empecé a trabajar en 60 Minutes, me di cuenta de que la historia de Drácula podía muy bien adaptarse al marco ambiental de un programa parecido, cuyos empleados viajan a rincones remotos del globo, desvelan secretos y se meten en líos en sitios a los que la mayoría de los estadounidenses no iría jamás, en busca de gente a la que la mayoría de mis compatriotas preferiría evitar. Además, cuando yo llegué, 60 Minutes llevaba más de tres décadas siendo el programa de noticias con más éxito de la historia de la televisión y había desarrollado su propia idiosincrasia, que no guardaba relación alguna con la idiosincrasia de cualquier otra oficina que yo hubiera visto hasta entonces. Era, a su manera, muy gótico y espeluznante, un país en sí mismo, en el que no siempre se aplicaba la lógica, donde las grandes personalidades campaban por sus respetos en formas a veces monstruosas, y en el que un sistema de castas y clases hacía que la comunicación entre las personas fuera, en el mejor de los casos, incómoda y difícil. Todo eso es un material riquísimo para un novelista, pero para mí el aliciente principal residía en las posibilidades que podía desencadenar la aparición de un auténtico monstruo en medio de un entorno ya de por sí surrealista.
Su libro ofrece una visión entre bastidores del mundo de los informativos de televisión. ¿De veras es tan brutal?
Es intrínsecamente brutal. Para empezar, en el mundo de los informativos hay siempre una gran presión. Los informativos de televisión, debido a la enorme cantidad de dinero y a los inmensos egos que implican, multiplican esa presión. Además, el tener que revestir la información con imágenes hace que la gente se desquicie un poco. Una cosa es escribir una frase. Y otra bien distinta tener que encontrar el segmento preciso de cinta que acompañe una idea compleja acerca de un tema como la guerra de Irak, y no solamente la imagen adecuada, sino una buena imagen. La gente que se ha formado en ese mundillo da por descontada esa presión, pero a mí, que venía de la prensa escrita, me costaba creer que fuera todo tan complicado. Para conseguir esas imágenes, a menudo había que firmar cheques por miles de dólares o solicitar presupuestos de decenas de miles. Lo cual no es muy bueno para la presión arterial. Además, en el periodismo escrito la gente mejor pagada suele cobrar sueldos muy inferiores a las siete cifras. En los informativos de televisión, máxime en uno con tanto éxito como 60 Minutes, había gente que ganaba tanto dinero como una estrella de cine, y eso tiende a desequilibrar el universo interno de una oficina, casi siempre para mal. Esas cantidades de dinero introducen con mucha frecuencia un fuerte elemento político y se interponen hasta en el camino de los periodistas más entregados a su oficio. Por último, la sensación de responsabilidad que acompaña a un nombre como 60 Minutes es muy intensa. Uno se desvive por estar a la altura del listón. Sufre épicos ataques de desprecio hacia sí mismo y de autorecriminación y, además, el programa es ya de por sí una carga. Claro que Don Hewitt, bendito sea, lo organizó de tal modo que fuera darwiniano hasta la médula. Cada corresponsal tiene su propio equipo, y cada persona dentro de ese equipo compite con las demás, y con todo bicho viviente de los otros equipos. Hay que estar constantemente vigilándose las espaldas. Yo describiría el ambiente como de una antipatía realmente esplendorosa. Pero creía sinceramente, y todavía lo creo, que contribuía a crear un programa de televisión excepcional.
¿Por qué decidió marcharse?
Me fui por varios motivos, todos ellos relacionados con cambios en la gerencia y con el desplome del programa de los miércoles. En pocas palabras, después de tres décadas y media dirigiendo el programa, Don Hewitt dimitió por diversas presiones de la cadena. Su equipo y él fueron reemplazados por la gente que llevaba la versión del programa que se emitía los miércoles por la noche. A efectos de gerencia, el programa de los miércoles pasó a los domingos por la noche, y el de los domingos por la noche fue sencillamente eliminado, aunque al principio siguieron los corresponsales y algunos productores. Yo tenía la suerte de trabajar para Morley Safer, uno de los grandes informadores de la televisión americana, pero Morley tuvo que recortar su tiempo a la mitad y no podía conservar a todos sus productores. Así que, en lugar de aceptar otro puesto, decidí marcharme. Y lo hice en buenos términos. Fue un año difícil para toda la división de informativos, rematado además por el escándalo de los documentos de Dan Rather, que a la postre contribuyó a la eliminación del programa de los miércoles. Mucha gente perdió su trabajo como consecuencia de aquello.
Cuando entré por primera vez en las oficinas de 60 Minutes y vi a Mike Wallace fue realmente como ver un fantasma. Llevaba viéndolo en televisión desde que era pequeño, tumbado en el suelo de una casa en la que no vivía desde los quince o los dieciséis años, y sin embargo allí estaba él, inmutable, vivito y coleando. Lo mismo me pasó con Ed Bradley y Morley Safer. Eran figuras legendarias, y ése era otro argumento a favor de una narración fantástica.
En parte escribí la novela porque había sido testigo de aquella transición extraordinaria. 60 Minutes no era un programa de noticias más. Era el informativo por antonomasia. Hewitt inventó el formato, igual que ideó los debates entre Kennedy y Nixon en 1960. En su equipo había un tipo llamado Phil Scheffler que, según se decía, fue el primero que hizo una entrevista en vivo a un ciudadano de a pie, en plena calle. Yo había tenido la suerte de trabajar con las personas que fueron esenciales a la hora de dar cuerpo al medio que mantuvo informada a la mayor parte del público norteamericano durante medio siglo. Siempre experimenté esa sensación de historia, de trascendencia, que impregnaba el lugar; y, cuando esa época acabó, sentí que no se había dado suficiente importancia al cambio de esa generación a otra mucho más joven y menos experimentada, menos digna de asombro. Sólo lo sobrenatural podía plasmar la sensación de cataclismo del mundo irreal de los informativos de televisión.Gran parte de su novela transcurre en Nueva York y los acontecimientos del 11 de septiembre afectan a sus personajes en muchos sentidos. ¿Supo desde el principio que incluiría de algún modo el 11 de septiembre en la narración?
A medida que escribía, me fui dando cuenta de que ese tema empezaba a colarse en la novela y de que, cuanto más salía, menos fuera de lugar parecía estar. El 11 de septiembre, yo trabajaba en 60 Minutes y vivía en Nueva York. Mi mujer y yo volvimos a casa a pie, por el puente de Queensborough, y al mirar hacia atrás veíamos el humo en la punta sur de la isla. Esa noche cayeron cenizas en nuestra calle como si nevara. No empecé a escribir la novela hasta mucho después, pero, mientras iba enlazando los hilos que unían el mundo del programa con el mundo de mi vampiro y empezaba a concebir a un ser que se alimentaba de la desgracia y el sufrimiento humanos, fui comprendiendo que los horrores de aquel día estaban ya imbricados en la narración. En parte, mis motivos para escribir el libro estaban relacionados con la vivencia de aquel día, con la dificultad de abordarlo desde la comprensión racional o la templanza de ánimo. El 11 de septiembre no se parece a ningún otro día de mi vida y encajaba mucho mejor en el mundo de la novela, que es extremadamente turbio y oscuro, que en el discurrir normal de la vida.
¿Le parecía arriesgado incluir un hito histórico tan reciente y cargado de emotividad en una novela tan entretenida?
Le di muchas vueltas a eso, pero al final decidí que se trataba de un entretenimiento que justificaba su uso. En nuestra cultura popular encaramos las pesadillas más lóbregas a través del entretenimiento. Nuestros asesinos en serie, nuestros zombis, licántropos y vampiros surgen del caldo de cultivo de la delincuencia urbana, el sida, el maltrato doméstico y la tortura sancionada por el Estado. Los relatos de terror, desde la historia de los cíclopes de la Odisea en adelante, siempre han tratado de esas cosas terribles que más teme la gente, de lo inefable: la guerra, la violación, el infanticidio, la enfermedad, los desastres de todo tipo. El Drácula de Stoker aborda las facetas más opacas de la cultura inglesa de época victoriana, su miedo a la invasión de pueblos de tez oscura, su temor a la permisividad sexual y a la desintegración nacional. Creo, por otro lado, que Drácula es uno de esos libros proféticos que auguraban la violencia sin precedentes del siglo XX, aún por llegar. La Primera Guerra Mundial estalló menos de dos décadas después de su publicación. Así que mi libro encuentra su ámbito terrorífico en la peor catástrofe de nuestro tiempo, y confío en que sea entretenido, en que sea aterrador en el mejor sentido, pero también en que despierte esas feas incógnitas sobre nosotros mismos que sólo el género de terror puede avivar.
Debe de ser usted el único novelista vivo que ha aparecido como personaje en una obra de Broadway. ¿Puede explicarnos cómo fue?
Hará unos quince años, yo vivía en Berlín, Alemania, donde trabajaba como corresponsal, cuando un viejo amigo del instituto, Doug Wright, fue a visitarme. Doug era un dramaturgo en activo y yo había visto hacía poco una obra sorprendente de teatro improvisado en Berlín este. Un viejo travesti llamado Charlotte von Mahldorf ofrecía visitas guiadas a su colección de mobiliario Guillermino en una antigua villa y contaba historias increíbles acerca de su vida. Organicé una visita privada para Doug y un amigo, y la experiencia nos causó una profunda impresión. Varios años después, Doug me llamó para decirme que por fin se le había ocurrido cómo escribir una obra sobre Charlotte y para preguntarme si podía incluirme, con mi nombre, como personaje. Francamente, en aquel momento yo no podía imaginar que una obra sobre un travesti de la Alemania oriental entrado en años pudiera tener mucha repercusión, pero eso no importaba. Di a Doug permiso para usar mi nombre. La obra, I Am My Own Wife, protagonizada por un solo actor, se estrenó off Broadway en mayo de 2003 y allí estaba yo, en escena, invitando a Doug a ir a Berlín. Fue una experiencia extraña y sorprendente. Ese otoño, la obra pasó a Broadway, y al año siguiente recibió el Tony y el Pulitzer a la mejor obra dramática, además de un Tony a la mejor actuación. La nueva obra de Doug, Grey Gardens, se está representando actualmente en Broadway, pero en ésa no hay ningún personaje que se parezca a mí.
¿En qué está trabajando ahora?
Estoy escribiendo un ensayo sobre el cristianismo norteamericano, una semblanza de la vida religiosa en todo el país.